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GROOVIN' HIGH

Del llanto

Por MARCELA JOYA
BlueMonk Moods | 08.02.2010

Las lágrimas son el canto enternecedor de los ojos. Las palabras más frágiles de la mirada. Por eso me seducen los sollozos, los lloriqueos, los suspiros que sin voluntad se pronuncian en medio del llanto. No es que disfrute de la tragedia ajena, es que me place ver un par de gotas ácidas escurriéndose de unos ojos que parecen sinceros.

Me gustan los hombres que lloran sin temor, o más bien, me gusta que los hombres lloren sin temor. Después de compartir el llanto, la buena mesa o una conversación fluida, nada me hace falta para empezar a adorar al dueño de esos ojos que se rebelan ante su voluntad de impedir el desagüe, de callar la voz que se quiebra, y se descubren sin pena. Ni siquiera dos cuerpos desnudos dibujan tanta intimidad como el llanto compartido.

Tantas palabras que nos evocan el llanto. Tantos momentos. La palabra adiós va casi siempre acompañada por cientos de lágrimas, construye casi el instante perfecto para llorar sin medida, cualquiera que sea el motivo de despedida; no importa, al fin y al cabo un adiós significa que dos caminos se abren, que habrá que romper la cercanía.

«Llorar no sirve para nada», me decía mi madre cuando pequeña. «No hay que llorar por la leche derramada», dicen quienes detestan el llanto, o se creen más fuertes. Por lo que sea, la primera reacción que tiene la gente al verte llorando es decirte que pares ya. «¡No llores, por favor!» «Mo me gusta verte llorando.» «Me partes el alma.» «Me vas a hacer llorar.» Yo en cambio prefiero alentar el llanto. «Llora todo lo que quieras, hasta que te quedes sin lágrimas, te duelan los ojos y la cabeza, entonces debas dejar de llorar.« Aun si el llanto fuese en vano, como me lo repetía mi madre, ¿quién dijo que todo acto humano debe ser útil? Además, si defecar, orinar y sudar son acciones necesarias del cuerpo, ¿por qué llorar no, cuando es también una secreción de residuos? Vale llorar. Vale llorar por todo. Incluso, vale agrandar el charco de la leche derramada con lágrimas de arrepentimiento. ¿Por qué no?

Ni siquiera las famosas «lágrimas de cocodrilo» deberían ser motivo de reproche. Quiero decir, ese llanto que los demás dan por obvio, predecible o falso, que sale casi con tanta facilidad como las secreciones acuosas que mantienen húmedas las pupilas de los cocodrilos, y que ni siquiera son lágrimas. También vale llorar porque sí, porque la salida fácil es el llanto, por gusto, por impotencia, por ser llorón. Se vale llorar porque a uno se le da la gana.

Se vale llorar a escondidas porque el llanto es también intimidad, y también se vale llorar en público porque las lágrimas se vienen tantas veces como una erupción incontrolable que desborda la voluntad, esa que pretende ocultar de cualquier modo la debilidad de un niño, la impotencia del hombre que no puede ver sus lágrimas derramadas, que no puede más que sentir el dolor que le provoca desdoblarse. Y es entonces cuando las lágrimas entonan su propia melodía. No son solo los gemidos del llanto, sino los compases de la respiración, que incluso, en el silencio alteran la calma. Por eso, para mí, cualquier forma de llanto es una expresión musical del alma, tan única como irrepetible.

Tantas palabras que nos evocan el llanto. Tantos momentos. La palabra adiós va casi siempre acompañada por cientos de lágrimas, construye casi el instante perfecto para llorar sin medida, cualquiera que sea el motivo de despedida; no importa, al fin y al cabo un adiós significa que dos caminos se abren, que habrá que romper la cercanía. Y por ese episodio que parece tan definitivo es que las lágrimas brotan sin cesar. Pero también ocurre en los reencuentros, también se llora de felicidad, o más bien, se llora por sentirse emocionado. Creo que el llanto no es la respuesta a la tristeza o a la felicidad, sino más bien, la reacción a la emoción. Cuántas veces no lloramos simplemente por contagio, por sentirnos alterados, locos, fascinados, porque no estamos tristes, pero tenemos ganas de llorar.

Pues bien, yo lloro en el cine, pero entonces sí prefiero que no me escuchen, que no me vean, porque sé que desconcentraré a los demás espectadores, no porque me avergüence. Lloro leyendo alguna frase de novela que me sacude, lloro leyendo poesía, lloro escuchando música —lloro mucho, sobre todo con Maria Bethania, con Bebo Valdés o con Ginamaría Hidalgo. Lloro cuando veo a alguien más llorar. Se me escurren lagrimas de placer. He llorado haciendo el amor y viendo fotos viejas. Y hay días en los que lloro y no sé porqué ni me interesa saberlo.

Lo que sé es que muy pocas veces he llorado por algún dolor físico, pues eso no me causa emoción alguna, más que la terrible sensación de sentirme enferma. Así que sólo cuando me han invadido los males que normalmente padecería una mujer 30 años mayor que yo es que me he tirado a llorar como una niña chiquita; no de dolor, sino de impotencia, de frustración.

Ese llanto es una mezcla entre el dolor y la rabia, es un llanto que grita madrazos desentonados. En cambio, el llanto que me provoca el estar cerquita de ser parte de alguna realidad que apetezco, es como un canto bien afinado.

No es el llanto solo un consuelo «aunque no deje de serlo«, es también una voz que nos regala un poco de libertad «la de hacer lo que se nos viene en gana», es un alivio para quienes se reprimen de hacerlo y un rito para quienes lo asimilamos como algo cotidiano, o lo invocamos al llegar la noche. Es como tener hambre y comer. Tener sueño y dormir. Finalmente, el llanto que satisface no indigesta ni da insomnio. Por eso es mejor que sea una elección y no un castigo, por eso mejor llorar hasta quedarse sin lágrimas cuando se tienen ganas y no llorar de a poquitos. El llanto es por sí solo un gran personaje, su eco rebota por doquier y por eso no podemos evitar escucharlo, sentirlo, contagiarnos y entonarlo. Por eso es que por más esfuerzos que hagamos para evitarlo, cuando a él se le antoja poseernos es imposible escuchar en la mente otra cosa que el llanto. En pocas palabras…
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Colaboradora habitual de esta bitácora, Marcela Joya es periodista y violinista.
Edita Las edades de Mar, de imprescindible lectura.


Bogotá, Colombia
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