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La muerte de los periódicos (iii)

Para mi amigo Ricardo Brown, por las buenas lecciones de periodismo.

Por ELISEO CARDONA
BlueMonk Moods | 13.07.2009

Las veces que he conversado con amigos que han dedicado largos años a ganarse la vida como periodistas, no deja de asombrarme la pobre opinión que tienen del oficio. Muchos han comenzado a tirar la toalla para emprender, a una edad suicida, el inefable camino de hacer "otra cosa". ¿Quién puede culparlos? El mundo de los periódicos ha comenzado a implosionar y ya nadie es capaz de detener la caída. Aun aquellos que siguen trabajando en periódicos sienten que su misión equivale a la del antropólogo que busca explicar la cultura de una sociedad perdida en las manchas de un huevo prehistórico.

Pero lo que verdaderamente asombra es la incapacidad de muchos para hablar de los malestares que afectan al periodismo en general, incluyendo, desde luego, el periodismo escrito. Porque es un grave error pensar que la muerte de los periódicos equivale a la muerte del oficio. Un error que, por lo demás, está frenando un muy necesario debate sobre su salud en el contexto de las nuevas tecnologías. Ese debate, por cierto, tendría que incluir un tema neurálgico: el periodismo como cultura frente a su valor puramente utilitario. Es decir, el oficio como un estilo de vida más que como un modo de ganarse la vida.

Ya sé que nadie vive del aire. Sé además que el futuro es aterrador cuando se piensa que, como bien señala Clay Shirky, «muy pocos, si alguno, están dispuestos a pagar por la labor que otros ya hacen de manera gratuita». (Ni siquiera los periodistas de investigación se salvan; tómese en cuenta que el «Huffington Post» ha comenzado a reclutar a veteranos de esta disciplina por un salario de bicoca.) Con todo, confieso que este aspecto me preocupa muy poco. Mi interés se centra en el ejercicio de un periodismo fundado en la inteligencia, la creatividad y —¿por qué no?— la imaginación. Un periodismo sobre todo con espíritu de crítica y análisis. Esto, desde luego, obliga a una profunda revaluación del oficio; algo de lo que no estoy muy seguro que muchos quieran llevar a cabo. Mi experiencia, en este sentido, me ha enseñado que muchos periodistas viven en el pasado, temerosos de ponerse al día.

Quienes mantienen «The New York Times» en pie son los lectores habituales.



Es un tema para meditar largo y largo. De momento, me llaman la atención varios aspectos.

¿Para quiénes se publica? — Trabajé en el semanario «El Sentinel» de octubre de 2002 a mayo de este año. Durante buena parte de ese tiempo me pregunté y preguntaba abiertamente: ¿para quiénes publicamos lo que publicamos? Nadie —ni la directora de la publicación ni mis compañeros de trabajo— sabían dar una respuesta. ¿Cómo es posible no tener una idea de tus lectores?

Desde luego, no hay mayor novedad en señalar que se trata de una pregunta fundamental para saber qué publicar y cómo, haciendo hincapié en el análisis, la interpretación, o la orientación. Nótese que «El Sentinel» es un semanario, cuya misión debería ser la entrega de información que explique las noticias. No hay otra manera de hacerlo puesto que vivimos en un mundo donde la noticia ya es vieja antes de que el redactor pueda escribirla. El periodismo del siglo XXI tiene que presentar un panorama más allá del "qué". Lo saben hasta quienes trabajan para periódicos de tirada diaria. En cambio, lo que se publica en «El Sentinel», semana tras semana y desde que comenzó a circular en el 2002, es un compendio de cosas que todo el mundo conoce de sobra; todo el mundo, incluyendo por supuesto a los aborígenes de Australia. Porque hasta esos personajes, lejos de un contacto más íntimo con la modernidad, reciben las noticias en el tiempo reglamentario de un pestañeo. Entonces, ¿para quiénes se publica lo que se publica? En serio.

Aclaro que nunca se me ocurrió preguntar quiénes leen «El Sentinel» porque soy de los que piensa que ninguna persona (ni siquiera el que carece de su sano juicio) está dispuesta a perder el tiempo leyendo notas viejas y, además, mal redactadas y editadas. No lo hace el lector habitual —es decir, el que lee por una necesidad intelectual, espiritual y hasta física— porque tiene su tiempo de lectura comprometido con publicaciones que puedan responder las mil y una preguntas que el tíovivo de las noticias deja fuera. No lee esa publicación tampoco el lector ocasional —es decir, el que nunca lee... y cuando lo hace no pasa más allá de una o dos oraciones, si acaso— porque se trata de un individuo atrapado en un universo lleno de distracciones. Si hay gente que ni siquiera lee lo que tiene en la pantalla de su iPhone, ¿qué utilidad tiene un semanario que atenta contra la lectura; es decir que se publica para espantar a los lectores? Si la publicación no está dirigida al lector habitual ni la consulta el lector ocasional, ¿para quiénes se publica?

Sospecho que mis ex compañeros evitan enfrentarse a la pregunta por un asunto de vergüenza (y sin duda de terror); o sea, por algo que resulta verdaderamente borchonoso: la falta de lectores. Ese autoengaño, dicho sea de paso, es una enfermedad de muchos comunicadores. Sin embargo, esta pregunta se la formulan a diario los ejecutivos de diversos periódicos en el mundo. Tienen que hacerlo dado que la razón de ser de los periódicos es llegar a los lectores. ¿O se trata de crear un "producto" que llame la atención de los anunciantes? ¿Se puede culpar a los anunciantes por ser más inteligentes a la hora de poner su dinero en ciertas publicaciones? Hasta los editores de «The New Times York» se preguntan para quiénes publican, porque hace rato se dieron cuenta que uno de los periódicos más importantes del mundo simplemente no puede banalizarse en aras de conseguir lectores ocasionales. La razón: quienes mantienen el periódico en pie son los lectores habituales. Y son ellos quienes acaso terminen costeando un servicio exclusivo que tanta falta le hace a la empresa para generar ingresos. Al hacerlo, esos lectores contribuyen a que los anunciantes sigan invirtiendo plata en la publicación. This is no fucking rocket science!

¿Por qué se le teme a la opinión? — Nunca he podido saberlo con certeza. Sin embargo, vaya a las páginas de los periódicos más importantes del mundo y observe que las notas más leídas (y compartidas) por los lectores son las de opinión, los comentarios o los artículos de análisis. En cuanto se produce, la noticia ya es vieja. No así las ideas que la interpretan. (La llamada revolución Twitter, llevada a cabo por los miles de valientes iraníes que se tomaron las calles de Teherán, es un ejemplo extraordinario.) Pero muchos periódicos consideran que la opinión, la interpretación o el análisis son anatemas a la tarea de reportar. Hay editores y ejecutivos de empresas de comunicación —incluyendo gente de «The New York Times», «The Washington Post» y «Los Angeles Times»— que abominan de los "opinadores". Apenas a regañadientes aceptan que sus reporteros puedan interpretar lo que ven y escuchan en la calle. Hasta Frank Rich, uno de los columistas más brillantes de la prensa en este país, cometió la pifia de ningunear a los blogueros dedicados al análisis de la política y otros asuntos.

Puedo entender que al trabajar para una empresa que cuida de su integridad y reputación, los periodistas se inhiban de extender su trabajo más allá de la dinámica de recoger información y presentarla con precisión. Al fin y al cabo, los periódicos han funcionado como partidos políticos. Lo que no puedo entender es que hasta en los blogs de los periódicos se acuda a ese tono acartonado que tienen los artículos noticiosos. Muy pocos de esos blogs consiguen presentar textos audaces, creativos, lúdicos y lúcidos; ya no hablemos de textos críticos, textos en los que se muestre la imprescindible opción del fuck you. Todo se va en presentar información de una manera desabrida. Créeme, ya es mucho cuando las agencias de prensa, que se caracterizan por su prosa seca, consiguen llamar más atención que algunos blogs.

Conozco colegas incapaces de escribir con libertad fuera de los periódicos, como si la empresa definiera el oficio.

¿Pero qué sucede con los periodistas que ya no trabajan para una empresa de comunicación? ¿Funcionan bien fuera de los esquemas de censura y cuidados? Uno pensaría que sí. Pero no. Conozco colegas incapaces de escribir con libertad fuera de los periódicos, como si la empresa definiera el oficio. Al quedar desamparados en lo laboral, sienten que ya no encarnan una misión, una razón de ser. Esto, desde luego, es grave porque acusa en su raíz una ausencia de oficio. Yo no soy periodista porque trabajo para una empresa, lo soy porque amo leer y escribir, amo analizar, debatir, polemizar, encender el fuego de la discusión. Amo sobre todo discernir y criticar. En otras palabras, amo leer.

¿Leen los periodistas? — Yo no estoy seguro. Es más, me atrevo a decir que muchos periodistas rechazan la idea de adquirir una sólida formación intelectual. De ahí que se escandalicen cuando se les habla de que el periodismo es otra de las formas de la literatura, como sugiere el escritor argentino Tomás Eloy Martínez. Muchos no leen porque no han tenido nunca el hábito de la lectura. Lo que explica la falta de curiosidad, de lógica, de entendederas con asuntos complejos.

¿Irónico? Claro que sí. Pero lo verdaderamente crítico es que esa falta de lecturas de muchos periodistas y editores se refleja en el trato con los que sí son lectores. Asómese, por ejemplo, a las páginas de los periódicos en español de este país y verá que el contenido es una sarta de estupideces que insultan la inteligencia de cualquier lector; cualquiera. Ese contenido superficial, de insoportable condescendencia y bobería, carente de un mínimo de rigor... transparenta un profundo desprecio por los lectores que leen en español. «Hay que escribir con la prosa de Univisión», me dijo un ejecutivo de periódicos, cuyo nombre por siempre he de asociar con la más vulgar de las estupideces. «Los lectores hispanos buscan cosas light».

Sin duda. Y ahí tienen ustedes los periódicos que se publican en Estados Unidos. Que, en efecto, parecen operar como una extensión de la programación de Univisión. Es una caricatura de la cultura hispana in the USA que debería ser tema de discusión de quienes todavía sienten amor por el periodismo; para no hablar de los sociólogos que hablan del avance cultural de los hispanos en este país.

De momento, para quienes leen como una necesidad Internet es una bendición. No hay que negar, claro, que se trata de un espacio caótico, en el que todo cabe. Ya lo dijo el gurú Seth Godin, que se entretiene coleccionando fotos de gente que esquiva batazos. Pero el lector inteligente sabrá siempre encontrar el camino que conduce a los tesoros. Que, desde luego, raras veces se halla en los periódicos.
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