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BlueMonk Moods | 10.07.2009
En los años setenta, y con el ánimo de entusiasmar a los norteamericanos por la música afroantillana, el músico Johnny Pacheco y el empresario Jerry Masucci se inventaron en Nueva York el término salsa, agrupando con éxito el guaguancó, el son, la guaracha, la bomba, la plena, el merengue y demás ritmos latinoamericanos. Así, los gringos curiosos sentían saber que bailaban siempre salsa mientras la charanga tocaba la especificidad de una guaracha, una rumba, una columbia o un danzón.
Lo mismo hemos hecho en algunos países de nuestra América con los inmigrantes orientales que llegaron de China, de Japón, de Tailandia y de Corea: a todos los llamamos chinos. Y a aquellos que vinieron de El Líbano, de Siria, de Turquía, los renombramos turcos. Esto facilita entre nosotros su identificación, pero esa misma facilidad —basada en la inexactitud y la idealización— encierra y produce también afirmaciones peyorativas, irrespetos, xenofobias, exclusiones y desinformación. Llamar turco a un libanés era igualarlo a su mayor enemigo. Lo mismo que ofender a un japonés, diciéndole chino. La ignorancia, el desconocimiento, de esos seres, en últimas extraños para nosotros, explican que así los llamemos. La indiferencia y el desdén, que así los sigamos llamando.
No solo somos lo que somos y creemos que somos sino lo que los demás creen que somos. En Colombia, cachacos y costeños nos hemos construido unos a otros con lo mejor y lo peor de nuestras ilusiones, apropiaciones y extrañezas. No siempre han sido amables los retratos y perfiles que imaginamos y proyectamos del otro. Ni tampoco han sido todos peyorativos. La verdad es que cuando una tribu habla de otra, tiende a generalizar, la considera de manera monolítica y la describe con estereotipos, a fin de que esas clasificaciones se adapten de la mejor forma a sus propias idealizaciones.
Del otro lado del disco, no hay individuos más preocupados que los afroiberoamericanos con la imagen que proyectan en los demás. Es algo obsesivo de los caribeños. Ni los europeos, ni los africanos, ni los aborígenes, han sentido tanto ese problema. En ninguna otra región del mundo, artistas, escritores e historiadores se preguntan tanto sobre su identidad. Todos los caribeños quieren definir su identidad, como si fuera algo no resuelto. Construido con los genes del mundo entero, un caribeño siente que aún debe preguntarse, como Hamlet: ¿quién soy yo?
Atrapar la noción del ser caribe en unos cuantos párrafos resulta un increíble desafío. Solo con la complicidad de interlocutores inteligentes podrá un narrador describir cierto ámbito y su temperatura con cuatro brochazos de lucidez.
Somos tantos que somos todos. Para entendernos, debemos vernos y vivirnos como síntesis.
El Caribe, para el extraño, tiende a ser tarjeta postal. Por algo la crónica de este lugar para los primeros españoles coincide con la descripción del edén, según el Génesis bíblico. Colón lo llamó «el paraíso terrenal, adonde no puede llegar nadie, salvo por voluntad divina». El trópico le gusta al blanco extranjero o al andino pero apenas unos días, durante las vacaciones. Si se acerca y se queda a vivir algún tiempo conocerá su realidad, que es su constante mutación.
La del Caribe es una historia problemática, sujeta a procesos violentos de conquista, de colonización, de esclavitud, de marginalidad, de exclusión. El Caribe vive además otras realidades y la fijación de parecerse a Occidente. Aquí se produjo el gran encuentro que inauguró la modernidad. Aquí, por primera vez, nos encontramos todos de distinta manera. Razas, culturas, lenguas diferentes debieron aprender en este patio a convivir o a eliminarse. A respetarse en la fusión, para ser iguales. |≡|
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