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Los rostros del sexo

Por FRANCISCO QUINTERO
BlueMonk Moods | 23.06.2008

Si México tuvo —o tiene— una industria de sexo por teléfono, yo nunca lo supe — o he sabido. Y miren ustedes que en ese país las cosas se saben —y se aceptan— por más ocultas que estén — o están. Ahí tienen ustedes los mitos, por ejemplo, que son realidades escondidas en el imaginario colectivo. Pero trátese de frijones saltarines, la potencia sexual de Chespirito, la homosexualidad de Blue Demon o la seriedad de Cantinflas, en México todo es tan real que hasta los ateos están autorizados a oficiar misa.

Pero esto del phone sex es otro mundo. ¿Existe en México una industria similar a la que hay en Estados Unidos, donde te venden fantasías por la vía telefónica? No lo sé. Y a la verdad, ni me interesa saberlo. No es que haya perdido mi curiosidad voraz por las cosas, pero mirando el ensayo fotográfico que publica la revista «Mother Jones» sobre los operadores que se ganan la vida quitándole la calentura a otros, me digo que, no mamen, prefiero quedarme con las dudas. Nomás miren ustedes las fotos y luego me cuentan...

Comencemos, pues, por lo más obvio: ¡cuánta gente fea se dedica a dar servicios de palabra para que uno pueda traquetear con la entrepierna! Pinches güeyes, ¡para qué me revelan el secreto! No sé si el propósito de las fotografías ha sido espantar a los tímidos o exacebar las porquerías de los enfermitos, pero lo que es a mí me han echado a perder la capacidad para fantasear. Es como aprender los secretos del sexo con Dr. Ruth para luego tratar de meterle mano a la terapista enana.

El sexo, según nos enseña Freud, es un regreso al paraíso de la inocencia. O sea, que si te dicen que en ese estado eres frágil, te dicen bien. Por eso cuando damos rienda suelta a nuestras bellaquerías (la palabra la aprendí de mi mujer, que es puertorriqueña, y dice para joderme: «Eres un chilango bellaco»; a lo que respondo, «Qué redundancia más chingona»), comenzamos a desnudarnos de alma. Que nunca conseguimos desnudar por completo porque siempre dejamos un espacio para que germinen otros deseos. (Híjole, qué seriote me he puesto.)

¿Vale la pena entonces conocer el rostro de quienes nos alimentan la imaginación? No sé ustedes, pero es como querer conocer cómo funcionan los trucos del mago. ¿Me explico?

Desde muy pequeñita, a mi hija le atrajeron los payasos. No sé: son personajes que funcionan como alucinógenos visuales. Pero a ella el gusto le duró hasta que una vez invitamos a un tal Joe the Crazy Simbad y nos hedondió el baño con una cagada acrobática. «Daddy», me dijo mi hija, «¡qué payaso más puerco!». Vaya, la lógica de la inocencia.
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